Alos 12 años Elon Musk programó un juego en el lenguaje de programación Basic. No contento con eso fue a una revista especializada y se lo vendió por 500 dólares. A los 17 tuvieron que huir de Sudáfrica hacia Canadá para escapar de un padre golpeador. Las bondades económicas de vivir con el dueño de una mina de esmeraldas quedaban atrás.
Su madre debió comenzar de nuevo. La carrera de modelo de Maye ya la encontraba en una edad avanzada y ni siquiera quería tener citas por miedo a que le pidieran dividir la cuenta de la cena. Pero no estaba dispuesta a perder: decidió no teñirse y fue una pionera en mostrar una cabellera blanca. Las marcas vieron en ella el valor de contar con una mujer real. Elon avanzó en sus estudios de ciencias y fue admitido para realizar su doctorado en Stanford pero el auge de Internet estaba a punto de explotar. Abandonó la carrera y fundó su primera empresa, cuya forma de indexar el contenido web llamó la atención de Compaq, dueña del buscador Altavista, y se la compró por US$ 307 millones. Invirtió el dinero en X.com para crear la idea de un banco online. Fusionó esa empresa con otra para formar PayPal que en 2002 se vendió a eBay en 1.500 millones de dólares. Elon Musk ya era un referente mundial en emprendedorismo. Podría haberse retirado, pero decidió invertir literalmente todo su dinero en dos industrias cuya barrera de entrada es altísima: SpaceX, con la cual quería convencer a la NASA para que use sus servicios y no los de Rusia, y Tesla para liderar la revolución de los autos eléctricos.
Para diciembre de 2008 Elon Musk no tenía nada. Literalmente había perdido todo su dinero y estaba, además, con deudas. En solo tres días, para fin de año, recibió una llamada de la NASA, contratarían los servicios de SpaceX asegurándole un contrato de 1.600 millones de dólares, y de inversionistas que inyectarían más dinero en Tesla. A partir de ahí todo cambió, los cohetes de SpaceX probaron ser exitosos, y los autos eléctricos se comenzaron a fabricar. La fortuna de Elon Musk creció sin parar y es en la actualidad el hombre más rico del mundo con US$ 252 mil millones, superando a Jeff Bezos, el CEO de Amazon. Siempre la visión de Elon fue la de las tecnologías exponenciales, o sea aquellas que comienzan como elitistas por su costo pero que con el tiempo llegarán a todos. Por ejemplo, los Tesla aun no llegan al país pero ya comienza a sentirse la presencia de autos completamente eléctricos como el Nissan Leaf, “con una autonomía de 398 kilómetros”, señala Alejandra Fehrmann, directora de comunicaciones corporativas de la automotriz. Si la visión de Elon es correcta, en pocos años se verán autos de esta tecnología llegando a consumidores de clase media. Tito, el auto pequeño de la empresa argentina Coradi, tiene sólo 100 kilómetros de autonomía pero ya le está dando la razón a Elon: con un precio de 2 millones de pesos, rompe incluso los precios del auto tradicional.
Y así estaban las cosas cuando Elon Musk quiso hacer realidad su nuevo capricho. Comprar Twitter. Y, sin muchas vueltas, porque “lo quiero ahora y lo quiero ya”, comenzó una compra hostil. No ahorró sus críticas a ejecutivos clave de Twitter que ayudaron a moderar el discurso público de la red, lo cual, según Elon, daña el concepto de libertad de expresión o “free speech”, algo que se debe defender a ultranza. Con US$ 44.000 millones Musk pretende morder un pedazo del pastel de la industria de medios donde hasta ahora no había incursionado. Enseguida, el New York Times salió con los tapones de punta sacando al sol todos los trapitos sucios de Elon:
“Musk no ha sido un gerente responsable de las empresas que supervisa. En los primeros meses de la pandemia, Musk eludió a los funcionarios de Salud, calificó de ‘fascistas’ sus pedidos de resguardarse en casa y obligó a los trabajadores de Tesla a volver a sus trabajos. Además, Tesla recibió denuncias de abusos racistas, discriminación y acoso sexual en su fábrica en Fremont, California” señala Greg Bensiger, uno de los líderes del comité editorial. Por supuesto, no debe obviarse la grieta norteamericana. El New York Times, por otro lado, también es acusado se subirse a lo políticamente correcto desde otro extremismo ideológico donde las voces del partido republicano, aun las moderadas, no tienen lugar. Y el Times, como todos los medios tradicionales, ha visto cómo Google, Facebook, Twitter y otras compañías monetizan sus contenidos restándoles gran parte de la torta publicitaria sin haberse esforzado por producirlos.
Mientras la compra avanza se suman las alarmas. “El tema de Elon Musk a mí me preocupa. Lo que sucedió con las redes sociales al inicio, que se postulaban como foros de información, discusión e intercambio, y hasta de la Primavera Árabe, ha cambiado rotundamente. Hoy en día los sectores más extremos de la sociedad son los que dominan, y donde si vos decís algo de uno u otro lado te van a caer encima y te van a hacer callar. Las redes sociales fueron aprovechadas por Rusia para intervenir en el Brexit en Inglaterra y favorecer a Donald Trump en Estados Unidos. Pretender, como dice Musk, que todo el mundo pueda hablar sin que haya un nivel de responsabilidad no es libertad de expresión. No se puede decir en un cine: ‘hay un incendio’, porque la gente va a correr y se van a aplastar unos a otros. La libertad de expresión no es absoluta, uno tiene que hacerse cargo de lo que dice. Dónde está el límite de la libertad de expresión es un tema muy delicado y no creo que Elon Musk esté capacitado. Y más allá de él, no es razonable que una persona tenga todo ese poder. El futuro no es tan brillante como lo imaginábamos hace diez años”, señala Alberto Arébalos, quien fue gerente de comunicaciones para América latina tanto en Facebook como en Google y hoy es el CEO de Milenium Group, una agencia de relaciones públicas.
El pesimismo sobre la red va mucho más allá de Twitter y Elon Musk. El uso de las redes comenzó a hundir a la humanidad en las entrañas de la sociedad digital, un lugar completamente desconocido, el cual es muy fácil entrar, pero del que quizá sea imposible salir. “Es un pacto con el diablo. A cambio de algunos servicios que son muy necesarios, como tener Google o Gmail, y otros no tan necesarios, se ha hecho que la gente lo pague al ser la mercancía que se vende. Todo lo que el usuario hace, cada paso que damos en internet, va generando datos con los cuales se construye un perfil al que se le va a enfocar la publicidad” revela Arébalos. Los algoritmos comenzaron a mejorarse hasta el punto de hackear la mente de los usuarios. Nos dan lo que queremos. La máquina de ser feliz es cada vez más perfecta. Somos felices, tenemos lo que deseamos, y como Musk, lo tenemos ya. Los chicos cada vez conocen menos la palabra aburrimiento, la atención se fragmenta, y lograr ese pensamiento profundo de un Albert Einstein parece cada vez mas disparatado. Comenzamos a vivir en el mundo espacial de la película «Wally», donde las personas lo tienen todo y ya ni caminan. A nadie en esta época se le pasa por la cabeza ser como Ragnar Lothbrok, el vikingo del siglo IX que sale a conquistar Inglaterra en una cáscara de nuez sobre un mar embravecido. O ser Colón para descubrir América. Elon Musk no pretende ir primero a Marte, sino que mandará gente que contrate y seguirá cómodamente desde su living todos los avatares de la misión desde su smartphone.
El mundo feliz está entrando en una nueva fase. Gran parte de la discusión actual entre quienes diseñan los algoritmos será hasta cuándo los usuarios seguirán escribiendo o sacando fotos, o sea subiendo contenidos por los cuales las plataformas no pagan nada. Sin esa constante generación de contenido decae la interacción de los usuarios y todas las métricas del marketing digital bajarán. Facebook ha experimentado eso a manos de Instagram o de Tik Tok, y los usuarios han demostrado que son capaces de migrar de plataformas. Las novedades en Silicon Valley pasan por la Web 3.0. Se trata de un nuevo paso en la “economía de la atención”. Para mantener a la gente en la sociedad digital hay que darle algo: criptomonedas. Y es así como se están pensando plataformas que recompensen a los usuarios por sus acciones, como escribir un post o comentarlo, e incluso incluirlos como dueños o accionistas. Mientras las plataformas evolucionan y la pregunta sobre cómo escapar de las mismas parece no tener respuesta, hay que tener claro que un primer paso es tomar conciencia. Para Mark Zuckerberg, la solución está dentro de la misma tecnología y pronostica que los nuevos elementos de inteligencia artificial que están desarrollando mejorarán el discurso público en la web. Otros piensan que esa solución agrandará el problema. Mientras tanto, el niño sigue corriendo por todos los agujeros de conejo que le presentan Tik Tok y otras redes. Tal vez pueda escapar. Quizá se sienta gorrión esta vez, jugueteando en los jardines de un lugar que jamás despierto encontrará.



