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Riesgos de consumir demasiada proteína

Riesgos de consumir demasiada proteína
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El consumo desmedido de proteínas animales se ha consolidado como un factor crítico de riesgo para la salud cardiovascular y metabólica.

Según datos aportados por el doctor Donald Hensrud de la Clínica Mayo, el exceso de carnes rojas y procesadas —que constituyen casi el 70% de las proteínas consumidas por la población según un informe de 2021 del Departamento de Agricultura— eleva drásticamente la probabilidad de sufrir enfermedades cardíacas y diabetes tipo 2 debido a sus altos niveles de grasas saturadas, las cuales disparan el colesterol LDL (“malo”), provocan inflamación sistémica y generan resistencia a la insulina. Investigaciones del año 2023 confirman este peligro al demostrar que solo 100 gramos extra de carne roja al día aumentan el riesgo cardíaco un 11%, mientras que 50 gramos de carne procesada lo elevan un 26%; asimismo, un estudio sobre casi 217.000 participantes evidenció que quienes ingerían las mayores cantidades de estos productos tenían un riesgo 40% y 51% superior de desarrollar diabetes tipo 2 en comparación con quienes consumían menos.

A nivel oncológico, el peligro de una dieta saturada de proteínas de origen animal se manifiesta de forma alarmante en el aparato digestivo, con una vinculación directa en el desarrollo de tumores. Un análisis estadístico publicado en 2024 reveló que las dietas con un alto contenido de carne roja convencional incrementan en un 30% las probabilidades de padecer cáncer colorrectal, un porcentaje que escala al 40% en el caso de las carnes procesadas o embutidos. Para contrarrestar esta amenaza, especialistas como el cardiólogo Dariush Mozaffarian, director del Food Is Medicine Institute de la Universidad de Tufts, señalan que sustituir estas fuentes por proteínas vegetales como la soya, las lentejas, los frijoles y los frutos secos, o por pescado y yogur, disminuye notablemente la propensión a desarrollar estas patologías crónicas.

Otro perjuicio colateral de priorizar las proteínas de manera obsesiva, especialmente en regímenes bajos en carbohidratos, es el severo impacto en el tránsito intestinal y la salud del microbioma. Al centrar la alimentación en el aporte proteico, las personas suelen desplazar de su plato alimentos esenciales ricos en fibra como las verduras y los cereales integrales, lo que según el nutricionista Marc O’Meara, del Hospital Brigham and Women’s de Boston, interrumpe la regularidad de los intestinos y eleva la probabilidad de sufrir trastornos como el síndrome del intestino irritable. Para evitar estos desequilibrios, el experto recomienda mantener porciones equitativas en las comidas y advierte sobre el riesgo de un aumento de peso inadvertido: mientras media taza de vegetales aporta apenas 25 calorías, la misma cantidad de pollo cocido suma 140 calorías, lo que triplica el ingreso calórico si se desplazan las verduras para priorizar la proteína.

En sintonía con las complicaciones del control de peso, existe el riesgo latente de acumular tejido graso en lugar de masa muscular cuando el incremento de este nutriente no está debidamente justificado. Mozaffarian desmitifica las promesas populares de las redes sociales aclarando que, si el consumo elevado de proteínas no se acompaña con un entrenamiento de fuerza u otro tipo de ejercicio físico equivalente, el organismo metabolizará cualquier exceso de calorías —incluso las de origen proteico— y las convertirá inevitablemente en grasa corporal. Esta distorsión nutricional se vuelve más compleja si se considera que, según una encuesta de 2025, el 71% de los adultos busca activamente consumir más proteínas en comparación con el 59% registrado en 2022, la mayoría de las veces sobrepasando el umbral recomendado por expertos como la profesora Bettina Mittendorfer, de la Universidad de Misuri, quien sitúa la zona de riesgo por encima de los 1,2 gramos de proteína por kilogramo de peso corporal al día.

Finalmente, la sobrecarga metabólica derivada de procesar grandes dosis de proteínas representa una amenaza directa para la función de órganos vitales bajo condiciones específicas. El doctor Hensrud advierte que, si bien las personas con riñones sanos no suelen presentar afecciones inmediatas, para más de uno de cada siete estadounidenses que padecen enfermedad renal crónica —particularmente aquellos que se encuentran en etapas cercanas a la diálisis— la ingesta desmedida de proteínas sobrecarga y deteriora gravemente la capacidad de filtración renal. Como perjuicio adicional, el consumo excesivo de proteínas de origen animal incrementa de forma notable la probabilidad de desarrollar dolorosos cálculos renales, un efecto secundario que, según los especialistas, solo logra mitigarse si el individuo mantiene niveles de hidratación muy elevados y constantes.

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